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Hilda Gautreaux junto al comandante Montes Arache en la Revolución de Abril de 1965.
 

Levantar el ejemplo de los y las mártires de junio 


SANTO DOMINGO. El Movimiento Popular Dominicano (MPD) comparte con los lectores y lectoras de Libertad en Línea una síntesis apretada de la vida de nuestra heroína Hilda Gautreaux fallecida el 15 de junio de 1968 y de nuestro tambien inolvidable dirigente campesino Mario Balderas, torturado y asesinado por las fuerzas represivas del gobierno del dictador Joaquín Balaguer, el 28 de junio de 1969.


¡Gloria eterna a Hilda Gautreaux y Mario Balderas mártires emepedeístas!


Hilda Gautreaux Rijo

Nació en Santa Cruz de El Seibo, el 12 de julio de 1932, hija de Bienvenido Gautreaux y Carmen Carlos. Estuvo casada con Gustavo Penson Mota, contador, tesorero del comité barrial del Movimiento Revolucionario 14 de Junio que operaba en la casa de Hilda en Villa Duarte, del que ella era dirigente. Expiró el 15 de junio de 1968 y Gustavo el 14 de enero de 1977.

Hilda Gautreaux consumió los escasos años de su vida luchando por la libertad y la justicia, denunciando abusos, combatiendo y curando heridos en la Guerra de Abril, localizando y defendiendo en estrado a presos políticos y haitianos exiliados, asesorando legalmente a sindicalistas, reclamando con vehemencia los derechos de la mujer excluida.

Hilda Gautreaux Rijo, militante del 14 de Junio y luego del Movimiento Popular Dominicano (MPD), se empleó con ardor a demandar la salida de los remanentes del trujillato, exigir la autonomía de la Universidad, organizar tramas y manifestaciones de protestas denunciando la corrupción del Triunvirato, requiriendo el retorno a la constitucionalidad quebrantada con el golpe de Estado al presidente Juan Bosch.

Quebradiza, desgastada de salud, su foto “recorrió el mundo” en el lomo de un mulo en que cargó desde las lomas de San José de Ocoa el cadáver de Orlando Mazara, asesinado por el régimen balaguerista en 1967.

Compañera de ideales del poeta Jacques Viau, con el que compartió la Avanzada Médica de los comandos B-1 y B-3 en la Revolución de 1965, fue la abogada de su hermano Leonel Viau, preso y buscado por la dictadura duvalierista. Logró liberarlo, asilarlo y sacarlo del país envuelto en la bandera de México con destino a Curazao.

En abril salvó la vida a militares que después se convirtieron en sicarios de la izquierda. Uno de los que libró de la muerte fue a Caonabo Reynoso Rosario, “que quiso escapar de los constitucionalistas vestido de mujer”, según testimonian sus hijos. Pasada la contienda bélica el militar allanó la casa donde ella vivía, en la Juana Saltitopa, buscando a Maximiliano Gómez.

En una ocasión insólita, Hilda fue su propia intercesora. Tras 13 días en solitaria mandó a buscar su toga y su birrete y se autodefendió, resultando descargada.

Padeciendo estrechez económica, enfermedad, en medio del activismo político, los apresamientos y allanamientos, estudió derecho, en una mano la batea de ropa que lavaba y en la otra un código civil que mecanografió y encuadernó porque no tenía con qué comprar el original. Se graduó Summa Cum Laude.

Fue la asesora legal del sindicato “caliente” de la Coca-Cola, de Poasi y de Foupsa Cesitrado.

Pero muy pocos saben de las intrépidas actuaciones, del coraje y de la determinación de esta mujer que apenas pesaba 96 libras, que desatendió el asma y murió pobre a los 36 años. Sus cuatro pequeños hijos quedaron desamparados, heredando de ella no solo la humildad y la pobreza, sino la rebeldía contra los atropellos y la sensibilidad social ante el sufrimiento ajeno.

En 1969 el MPD llamó Hilda Gautreaux a su histórica “Conferencia de cuadros”. Pero es poco lo que se conoce sobre la dama audaz a quien tantos testifican deber la vida.

Mario Balderas

El revolucionario comienza a nacer cuando la sensibilidad de ser humano se expresa mediante la solidaridad con sus semejantes. Mario Balderas nació como revolucionario. Fue la más alta expresión de solidaridad con sus semejantes, fundamentalmente, con los hombres y mujeres del campo. Solidario y participativo con aquellos olvidados de siempre por los gobiernos y la oligarquía.

Mario Balderas nació en la comunidad de la Penda, del histórico municipio de San Francisco de Macorís. En esa comunidad conoció en carne propia las arbitrariedades cometidas contra los hombres y mujeres del campo que morían de hambre y abandono, mientras que el fruto de su trabajo engordaban los bolsillos y barrigas de sus explotadores.

El MPD comenzó a organizar los Comités de Recuperación de Tierras en todos los campos del país. La sensibilidad de Mario Balderas encontró cálido albergue en las filas del Movimiento Popular Dominicano, organización en la cual pudo distinguirse como un gran dirigente.

Los servicios militares y de inteligencia al servicio del gobierno balaguerista, así como los servicios de espionajes extranjeros le dieron seguimiento y ubicación a Mario Balderas, quien con valentía y coraje desarrollaba sus trabajos organizativos sin importarle las consecuencias.

A los cuerpos represivos del régimen se unieron terratenientes de la zona, confabulados con el alcalde pedáneo de la sección Honduras, Andrés Taveras y un capitán del Ejército conocido como Acosta Infante, tendieron el cerco del que nunca pudo salir el dirigente campesino.

La esposa de Mario Balderas, Rosa Mercedes Paredes García, se presentía la muerte de su pareja y por ello le aconsejaba que saliera de la comunidad hacia otro lugar para que preservara la vida, a lo que su cónyuge le respondía… “Yo no tengo que abandonar mi sitio, no soy un delincuente, solo un luchador para que todos tengamos un pedazo de tierra”.

El presentimiento de la esposa del agricultor se convirtió en realidad el 28 de junio de 1969, cuando miembros del servicio de inteligencia del Ejército conocido como G-2 allanaron su residencia y cuando este fue avisado de la presencia de los militares rehusó salir huyendo, por lo que fue apresado esa tarde que su familia recuerda con tristeza.

Los esfuerzos por ver a su esposo con vida resultaron inútiles hasta que al día siguiente de su detención, el 29 de junio, le comunicaron que el mismo estaba en la morgue del hospital San Vicente de Paúl, luego de que se “ahorcara¨, versión que fue rechazada por familiares y reclusos que atestiguaron escuchar en horas de la noche como era golpeado inmisericordemente el dirigente campesino.

El velatorio de Mario Balderas estuvo matizado por una fuerte presencia policíaco-militar pese a lo cual decenas de personas participaron en el mismo y posteriormente le acompañaron hasta su última morada donde fueron pronunciados encendidos discursos denunciando el asesinato del dirigente campesino.

La muerte de Balderas fue llorada por el Movimiento Popular Dominicano que juró su muerte no sería en vano y que alguien pagaría por el asesinato, promesa que se cumplió a principios del año 1970 cuando un paquete enviado por correo al teniente coronel Juan de Jesús Pichardo Castillo le explotó cercenándole las manos y causando destrozos en la oficina del jefe de la Policía en esta ciudad, donde también resultó herido el entonces cabo Torres Kingsley.

Al dirigente campesino le sobrevivieron tres hijos: Mario Miguel, Juan Esteban y Zoila Mercedes, los cuales guardan gratos recuerdos de su padre y levantan orgullosos sus rostros conscientes de que su progenitor murió buscando un destino mejor para ellos y todos los dominicanos.

 

 

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